Apenas habían pasado cuatro meses desde la victoria del 5 de mayo cuando Zaragoza cayó enfermo en Puebla. Tenía solo 33 años. Pero su desgaste venía de antes: el 13 de enero había perdido a su esposa, Rafaela Padilla, víctima de pulmonía, dejándolo solo con una hija pequeña.
Desde aquella victoria histórica, no hubo descanso para él. Caminaba entre campamentos, revisaba posiciones, atendía heridos, escribía constantemente al presidente Benito Juárez alertando sobre la falta de parque y la indisciplina en algunas tropas. Sabía que los franceses volverían… y se preparaba para ello sin tregua.
El 5 de septiembre, mientras supervisaba a sus soldados enfermos por una epidemia de tifus, ocurrió lo impensable: una pulga infectada de esas que viajaban en las ratas del campamento lo picó.
Cuatro días después, ya no había esperanza.
El médico enviado por Juárez fue claro: no había nada que hacer. En sus últimas horas, la habitación se llenó de generales y oficiales. Nadie quería dejar solo al hombre que había detenido al ejército francés.
Pero la fiebre comenzó a consumirlo.
Al amanecer del 8 de septiembre, entre delirios, Zaragoza ya no estaba en esa habitación… estaba otra vez en el campo de batalla.
Cuando abrió los ojos y vio a todos los mandos reunidos alrededor de su cama, lanzó la frase que quedó para la historia:
“¿Pues qué, también tienen prisionero a mi Estado Mayor?”
Murió ese mismo día, a las 10:15 de la mañana.
Días después, Juárez lo declaró Benemérito de la Patria en grado heroico y Puebla adoptó su nombre en honor al general.
El hombre que nunca fue derrotado en combate… cayó por algo invisible.
El 13 de septiembre, su ataúd avanzaba cubierto por una manta con dos palabras que lo resumían todo: “Cinco de Mayo.”

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